AJEDREZ Y LITERATURA

EL HECHIZO DE CAISSA, de FERNANDO ORTEGA

El primer libro seleccionado en esta sección es El hechizo de Caissa, de Fernando Ortega. Caissa es la diosa del ajedrez, la divinidad que inspira a quienes han caído en sus redes, a aquellos para los que sentarse frente un tablero forma parte de sus vidas. No se trata de una obra clásica sino de una novela reciente, publicada por la editorial Viceversa en 2011. El autor, además de escritor, es profesor y ajedrecista, lo cual se nota (para bien). No es necesario conocer las reglas del juego para acercarse a esta obra, pero sin duda la disfrutarán más quienes tienen a Caissa por su musa. Ahí va un fragmento:

"Es la ronda final. El momento de la verdad, de demostrar si soy ratón o león, zorro astuto, como diría Adrián, o un mísero carroñero incapaz de saborear más presa que la que el azar me pone a tiro. Después de ocho durísimas rondas, he llegado, con siete victorias y unas meritorias y trabajadas tablas, a jugarme el triunfo final del torneo en el primer tablero. Que es como decir, según el sistema de emparejamiento suizo propio de estos eventos, jugar la final. Para muchos, una sorpresa. Para mí, la consecuencia lógica de un proceso madurativo imparable. Sabía que esto iba a llegar tarde o temprano, que las parcas tiempo ha que entretejieron este filamento destinado a marcar mi futuro. Sé que es mi momento, el punto donde corono mis ambiciones o acabo dándole la razón a Adrián cuando afirma que siempre seré un segundón. Todo lo acontecido en los últimos años parecía orientado a anticipar este momento único.

 

Como en una película épica, en esta ocasión mi banda sonora se compone de exclamaciones altisonantes, golpeteos asincrónicos de los relojes en los tableros donde los más impacientes juegan partidas rápidas mientras esperan que se publique el emparejamiento de esa ronda final, amargos lamentos de ocasiones perdidas, vanidosos júbilos apenas contenidos por el más estricto sentido de la humildad deportiva, y corrillos de curiosos y participantes elucubrando la clasificación final, calculando las posibilidades reales de alcanzar objetivos personales o maquinando unas tablas pactadas con los futuribles rivales.

 

Un torneo de ajedrez dista mucho de ese tópico tan absurdo e injusto, de esa aureola de seriedad, de silencio absoluto y de la aburrida y desapasionada perspectiva de quietud ajedrecística típica de la distorsionada visión romántica de los advenedizos. El ajedrez, como cualquier otro deporte, destila pasión, desata rabia, altera los latidos del corazón y sublima el ansia de victoria y el dolor en la derrota. Y es la última ronda. El momento de fabular con que somos dueños de nuestro destino, de soñar con lo impensable y de quemar las naves ante la perspectiva del fracaso o el éxito absoluto. Atrás quedan cientos de partidas, ¡qué digo cientos!, ¡miles!, decenas de torneos, matches individuales, partidas de entrenamiento, millones de blitz relámpago a cinco y diez minutos, algún modesto experimento «a la ciega», varias relativamente exitosas simultáneas, y un ascendente y largo camino incrementando poco a poco mi Elo, el guarismo numérico que determina la fuerza de juego de un ajedrecista. Sé que ésta no será la última partida, pero desde otro punto de vista percibo que será la culminación de una etapa. Habrá más, pero pertenecerán a otro jugador, el jugador en que me convertiré tras este torneo."

 

 

8 de febrero de 2013